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Archivo: Octubre 2008

SERA MAS PEQUEÑO EL CEREBRO HUMANO EN EL FUTURO?

lpiedra 02/10/2008 @ 21:14

SERA MAS PEQUEÑO EL CEREBRO HUMANO EN EL FUTURO?

La velocidad a la que reaccionamos en situaciones amenazantes puede tener implicaciones de vida o muerte. En el pasado más primitivo, podía significar escapar de un depredador. Hoy puede significar desviarse para evitar un choque frontal contra un automóvil.

Foto: Bristol U.
En los últimos años, se ha venido pensando que los mamíferos tienen en sus cerebros dos sistemas de toma de decisiones que operan a velocidades diferentes para enfrentarse con situaciones diferentes. La nueva investigación de la Universidad de Bristol apoya esta teoría, y ha mostrado que las presiones evolutivas para desarrollar habilidades fuera del alcance de la parte más antigua, más rápida pero menos exacta del cerebro, condujeron al desarrollo más reciente de la corteza, de más lenta acción pero más precisa, existente en los humanos y los animales superiores.

Probablemente el cerebro subcortical en los humanos se utiliza en la toma de decisiones. Sin embargo, el examen por fMRI revela ahora que parte de la corteza exterior (que se desarrolló más recientemente en nuestro pasado evolutivo) también se utiliza en la toma de decisiones.

¿Por qué el cerebro necesita estas dos áreas de toma de decisiones? ¿Qué beneficios aporta al respecto la nueva corteza? Después de todo, ese componente adicional del cerebro significa portar un peso extra y también un consumo extra de energía. Además, el arcaico sistema subcortical, ¿no resulta ahora un sistema redundante innecesario? En ese caso, ¿podemos esperar que se atrofie en los humanos futuros y de ese modo sus cerebros sean más pequeños?

Para responder a estas preguntas, Pete Trimmer, autor principal del estudio, preparó modelos teóricos que representan los dos sistemas. Para la confección de esos modelos, se asumió que el sistema subcortical actúa muy rápido pero con poca precisión, en tanto que la corteza permite recoger mucha información antes de tomar una decisión informada y es por consiguiente más lenta.

Los resultados de las simulaciones con ambos modelos demostraron que cuando el nivel de la amenaza es alto, como el riesgo de ser atacado por un animal peligroso, es muy útil tener un sistema de acción rápida aunque sea inexacto. Pero al enfrentarse a situaciones nuevas o muy poco frecuentes, o en situaciones complejas con muchas señales contradictorias como es el caso de las interacciones sociales, el sistema cortical es más utilizado que el sistema subcortical.

Cuando nuestro estilo de vida se hizo más complejo, el beneficio de recoger la información antes de tomar una decisión ejerció una presión evolutiva en el antiguo cerebro. Esto pudo haber llevado al rápido desarrollo de la corteza en los mamíferos.

En definitiva, si los humanos de las futuras generaciones continúan viviendo en un mundo peligroso, con animales salvajes o automóviles de rápido desplazamiento, todavía habrá un beneficio evolutivo en mantener el sistema subcortical y es improbable que se atrofie.

La ética del despilfarro

lpiedra 01/10/2008 @ 20:33

Por Antonio Muñoz Molina

lunes, 29 de septiembre de 2008
En Estados Unidos cualquier noción de austeridad desapareció al final de la Gran Depresión, borrada por la prosperidad formidable del país, y siempre está en marcha y a todo meter o la calefacción o el aire acondicionado.

Lo más triste del colapso ambiental que vamos a legar sin remedio a nuestros descendientes es que no habrá sido causado por la necesidad, sino por el despilfarro y el capricho. Lo pienso al quedarme helado casi instantáneamente en un vagón del metro de Nueva York, donde un chorro polar de aire acondicionado me ha hecho tiritar unos momentos después de creer que me derretía en el sofoco del andén. El clima de Nueva York tiene fama de extremo, de fríos árticos y calores irrespirables, pero las temperaturas más difíciles de soportar no son las que uno desafía en la calle, sino las que encuentra en los lugares cerrados, en el interior de un coche, en un apartamento o en una sala de cine. En Estados Unidos cualquier noción de austeridad desapareció con el final de la Gran Depresión, borrada por la prosperidad formidable que ha venido durando desde los años de la posguerra. Las estadísticas dicen que el 40% de la energía del mundo se consume en los Estados Unidos, y aunque las cifras siempre son abstractas sólo es necesario pasar unos días en el país para quedarse abrumado por una escala de despilfarro que yo no he visto en ningún país europeo, ni siquiera en la atolondrada España. La intemperie de un día ventoso de enero en Nueva York puede ser mortífera, pero siempre será más soportable que el calor de la calefacción en el interior de una casa. En una gran parte de los edificios las calefacciones centrales las alimentan anticuadas calderas de gasóleo que por algún motivo no pueden ser reguladas. El calor es tan fuerte que en muchos casos salta de manera automática el aire acondicionado. En mi casa utilizamos el procedimiento más artesanal de dejar abiertas las ventanas, porque de otro modo anda uno mareado todo el día, y se despierta empapado de sudor en mitad de la noche.

El frío de enero se aprende a combatir en la calle forrándose uno de calzoncillos largos, leotardos, gorros, guantes, calcetines de lana. Contra el frío de los aires acondicionados no hay remedio ninguno. Una vez yo me subí en un autobús una tarde de agosto y tuve que bajarme en la siguiente parada asustado por la posibilidad de atrapar una pulmonía. Y lo más curioso de todo es que en América nadie parece concebir que haya periodos de transición a lo largo del año en los que no sea imprescindible una regulación artificial de la temperatura: o está en marcha la calefacción o el aire acondicionado, a no ser que, como apunté más arriba, funcionen las dos, consumiendo alegremente electricidad y petróleo; una electricidad más sucia que el humo de los coches, porque procede de centrales alimentadas de carbón, de una tecnología obsoleta, adecuada a los intereses de las grandes corporaciones eléctricas y mineras que subvencionaron generosamente las campañas del presidente Bush y de un número notable de congresistas y senadores, asegurándose así de que no se aprobarían leyes exigiendo mínimos controles.

En Estados Unidos se puede ser ecologista y practicar el despilfarro energético con la misma tranquilidad con que un paleto republicano conduce su camioneta Hummer gastando más gasolina que en los años setenta. En Starbucks se ve a personas de aire alternativo que se llevan su café en un recipiente de papel tan reciclado como las servilletas. Pero para ir a comprar ese café con la conciencia tranquila y hasta con cierta satisfacción de practicar el comercio justo, el cliente de Starbucks muchas veces recorre kilómetros en su coche, llevando el aire acondicionado a una temperatura tan baja como la que encontrará en el local, y dejando tras de sí un rastro de residuos que se habría ahorrado tomándose la simple molestia de hacerse el café en casa y beberlo en una taza de porcelana, quizás dejando las ventanas de la cocina entornadas para disfrutar del fresquito matinal. En los Starbucks, por cierto, se venden botellas de medio litro de un agua sugestivamente bautizada Ethos, que le permiten a uno aliviar la sed, sentirse moderno y a la vez colaborador en una causa justa, porque con esas botellas se ayuda a financiar proyectos de suministro de agua potable en el Tercer Mundo. Pero son botellas tan grandes que uno acaba comprando más agua de la que necesitaba, y por lo tanto despilfarrándola, y el plástico con el que están hechas tendrá una duración aproximada de quinientos años, por no hablar del gasto de electricidad necesario para mantenerlas tan refrigeradas que la garganta le dolerá a uno al primer trago. ¿No sería más ecologista llevar uno su vaso o su botella y llenarlos de agua del grifo, que en ningún caso será más tóxica que el agua embotellada?

El New York Times informaba el otro día, no sin cierto asombro, de esa tarjeta que en los hoteles europeos permite que la corriente eléctrica se apague en una habitación cuando el cliente la abandona. Parece que en América hay hoteleros concienciados, o al menos ahorradores, que planean adoptar esa innovación, pero las resistencias son muchas: a la gente le gusta volver a su habitación y encontrar las luces encendidas y el aire acondicionado en marcha. ¿Quién está dispuesto a tolerar la incomodidad de que pasen unos minutos antes de que la habitación tenga una temperatura de interior de frigorífico? A nuestros nietos no les hará mucha gracia la pregunta.