El ritmo del cerebro
La música es una de las tantas cosas que la humanidad da por sentado todos los días. Sin embargo, para lograr que una filarmónica suene, y que no sólo lo haga sino que transmita una serie de emociones capaces de conmover y aturdir, en el interior del cerebro de cada músico suceden una increíble cantidad de operaciones que hacen posible que el ruido pueda ser ordenado en armonía con la marca de Mozart, Bach o cualquier otro. Édgar Puentes, ingeniero de sonido y de sistemas, además de músico, junto con el neurocientífico Roberto Amador, se dedican a estudiar los cruces entre la ciencia y el arte, a develar los mecanismos cerebrales que hacen posible la música.
Una orquesta funciona de manera similar a como lo hace el cerebro. Dentro de la filarmónica los músicos, una representación de las neuronas, están divididos por grupos de instrumentos. Todos tienen un funcionamiento particular que se suma a un todo y éste, a su vez, es organizado e interpretado por un sistema central llamado director o, cerebralmente hablando, tálamo cortical.
“El director es el órgano de la orquesta que hace posible lo que en neurología se conoce como conjunción temporal, es decir, reúne todos los elementos que están dispersos en una unidad con un sentido que sea capaz de expresar algo”, explica el doctor Amador. Para lograr esto, el conductor de la orquesta debe partir la experiencia que el público percibe como una sola en varias: está pendiente del fraseo, de la siguiente introducción de un instrumento en particular, pero también debe sentir si la música, además de correcta, transmite el sentimiento adecuado. En su cerebro, la continuidad se disuelve y se transforma en la suma de una serie de variables: sensibilidad, tono, ritmo, timbre, memoria, entre otras.


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